Los paseos sonoros “donde se hace consciente la escucha activa, para generar reflexiones, análisis y materia sonora para producir obras de arte sonoro”, según, Murray Schafer. Este concepto lo entenderíamos como una experiencia de hundirse en una densidad sonora, que por una escucha educada nos podría mover y conmover, donde se abren relaciones con los objetos circundantes, tanto en los espacios naturales como urbano. La persona entra en una dimensión sonora-reflexiva en la que podría acontecer una posibilidad para darle al sonido un carácter artístico, pero en el interior de esa persona, en los paseos sonoros, acontece un estado de plenitud, de conciencia de los límites.

Pasear por un bosque, en el que se deambula sin dirección, propicia un estado de soledad que nos permite enfrentar nuestros ruidos internos, tal enfrentamiento revela nuestro “ruido” más temido, el del silencio, aceptar tal revelación permite una entrega a una peregrinación hacia los misterios sonoros de la propia persona; cada sonido: un canto de un pájaro, el viento entre el follaje, una voz oculta en la espesura del bosque son saboreados auditivamente, como si tocaran el alma, adquieren un significado que inquieta;

nuestra imaginación busca imágenes visuales de aquello que suena en lo oculto, pero se conforma con ese gorgeo, soplido o graznido misterioso, de modo que caminar sin ver lo que suena nos crea un estado de alerta que nos inquietud y nos mantiene despiertos, preguntándonos y siendo consciente de la belleza inatrapable de lo que ha sonado.

Los paseos sonoros son ejercicios altamente recomendados para desarrollar la escucha y la percepción de relaciones de los sonidos que nos rodean, para participar de una forma en las que esas relaciones toman cuerpo como unidad.

En todas partes del mundo en la actualidad el paisaje sonoro está cambiando, los sonidos están multiplicándose aún con mayor rapidez que las personas a medida que nos vamos rodeando de más y más artilugios o aparatos mecánicos. Esto ha producido un entorno más ruidoso y es cada vez más evidente que la civilización moderna está ensordeciendose con el ruido”. (M. Schafer pág. 12-13).

La educación sonora y el deesarrollo de una escucha profunda podría aliviar la catástrofe de una contemporaneidad ruidosa que se refugia en aparatos externos, eludiendo el viaje al interior de sí mismo, a través de esa escucha que lo pondría en comunión con un universo sonoro transfigurado.